Una visión distinta de la espiritualidad

  • 26 enero 2016

Aquí va un fragmento de un libro sencillo y a la vez profundo de un hombre que practica el Zen. Un hombre, por cierto, con un pasado muy alejado de la espiritualidad en un principio, y que se fue descubriendo a través de muchos errores, experiencias que no repetiría y experimentando dolor.

La verdad es que me encantan estas historias porque me recuerdan que es mucho más importante hacia donde vamos que de donde venimos, y que a pesar de nuestro pasado, siempre estamos a tiempo

 

¿Cómo sabemos con certeza que aquellas cosas que no vemos existen?

Mirad por ejemplo una foto de algo de comida. El sabor, las texturas y el olor no están en la fotografía, pero sabemos que están ahí.

Nuestros ojos detectan solo 3 dimensiones (de la misma manera que una cámara solo detecta dos), así que aquello que permita que nuestra vida exista debe estar en una dimensión que no somos capaces de ver. Esa energía que nos mantiene vivos está más allá de nuestros 5 sentidos y es ciertamente misteriosa. A pesar de que no está bajo nuestro control, confiamos en que nos despertará por la mañana.

Lo admitamos o no, lo que tenemos es fe. Tenemos una fe increíble en ese algo que mantiene a la tierra en movimiento, la hierba creciendo y nuestro corazón latiendo constantemente. No lo sabemos; confiamos en él.

Algunas personas se refieren a ese algo como “Dios”, otros le llaman “universo”, “vacío”, “madre naturaleza” o “padre tiempo”. El nombre que le damos realmente no importa sino el aprecio que podamos tenerle.

No se qué opinión tenéis de todo esto, pero para mí está claro. No puedo entenderlo racionalmente, ni lo veo ni lo puedo tocar, pero se que está.

 

Gracias a mi trabajo y la comprensión que tengo de la fisiología humana, soy capaz de apreciar lo nada sencillo que es nuestro cuerpo, lo bien hechos que estamos y de alguna manera sé o siento que hay algo mucho más grande que yo y que mi mente, permitiendo que toda esta vida siga hacia adelante.

 

Algunas personas relacionan la espiritualidad con la religión, y aparece cierto rechazo por lo que algunas religiones han hecho. Si nos paramos a pensar, todas las sociedades y diferentes culturas han cometido genocidios en nombre de Dios. Por una parte creo sinceramente que la maldad que hay en el mundo, por mucho que sea en nombre de Dios, no debería alterar los principios fundamentales y visión de la vida que nos aportan, pero también creo que no hay que ser creyente para entender que la vida es algo más que algo medible por leyes físicas o químicas. Creo que no hay que creer en Dios para aceptar que nuestro cuerpo es algo mucho más que carne, huesos y otros tejidos. De hecho, un cadáver tiene los mismos tejidos y órganos, pero ya no está vivo. ¿Qué ha pasado? ¿Qué hemos perdido?

 

Para mi es ese algo que por mi cultura y formación como quiropráctica llamo inteligencia innata, pero a cuyo nombre no me apego. Podéis llamarle vida, naturaleza, energía o un largo etcétera, pero como este párrafo nos recuerda, está y nos permite vivir.

 

Os dejo ya. Simplemente paraos a pensar un segundo en lo que el autor comparte con nosotros. Creo que es fácil olvidarnos de ese algo y no viene mal recordarlo de vez en cuando. No nos resuelve la vida, y tenemos que seguir responsabilizándonos de nuestros actos y experiencias, pero a mí me ayuda saber que mi trabajo es precisamente dar la mejor versión de mi misma y que no todo depende de mi.

 

Fácil, para nada. Nadie es perfecto, y os aseguro que yo menos, pero cada día paro unos minutos para ser consciente de todas estas cosas, y aunque a veces tenemos días malos, hacemos y nos hacen daño, saber que este algo existe me ayuda a relativizar las experiencias que vivo y sin duda me ayuda a seguir adelante.

 

Seguiremos pasito a pasito…

Un abrazo de corazón 🙂

About This Author

<p>Al terminar mi cuarto año de medicina tuve mi primer contacto con la quiropráctica, y al profundizar en su conocimiento encontré un nuevo sentido a todo.</p>

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